Hace tres días lo dejó su mujer. Él cree que se fue con otro hombre, pero ella sólo se había cansado de esperar. «¿Esperar, esperar qué? Me meto unas chingas diarias para darle gusto en todo. Dice que no le hago caso, que la tengo abandonada», explica. Frena el coche y se estaciona a mitad de la calle porque las lágrimas le impiden ver. Miro el reloj impaciente porque se me ha hecho tarde, pero no quiero interrumpir su dolor; el taxímetro sigue corriendo. «Perdóneme señorita, estoy que me lleva… Pensé que sólo era un enojo y que al otro día se le pasaría, como siempre, porque no es la primera vez que me amenaza con dejarme, pero esta vez me la cumplió». Suena Juan Gabriel en la radio y el hombre sube el volumen. «Tú serás la culpable de que yo, de que yo mueraaaa de amoooor», canta El Divo de Juárez. Entonces, el hombre se dobla en su asiento, contiene la respiración y prorrumpe después en un llanto incontenible. Le toco el hombro en señal de empatía. «Tranquilo señor. Puede reconquistarla, sólo necesita ser detallista y considerado. Sorpréndala». Llora con más fuerza y niega con la cabeza. «Esta vez es para siempre», concluye.
Replica a Anónimo Cancelar la respuesta