Siempre he creído en la justicia, en darle a cada quien lo que merece. Pero, en mi contradicción humana, pequé de injusta con el menos culpable. Sancho, también conocido como Orejas, Pancho y Patotas, llegó en enero de 2006 a mi casa. Era su tercer hogar en menos de dos años, por lo que, digamos, era una especie de niño problema. Precioso, el más bonito en su raza, fuerte y de tres colores, este basset hound destruía todo lo que a su paso encontraba, incluido plantas, basura, empaques, medidores de agua, su collar y su plato. No era malo, sólo que había estado abandonado. El punto más crítico de su afán por llamar la atención fue cuando, en un ataque de ansiedad, se lanzó contra John, nuestro viejo perro, causándole una fractura irreversible. John tuvo que ser dormido y Sancho fue condenado a prisión.
Durante cuatro años, Orejas estuvo en el patio trasero de mi casa. Siempre encerrado porque nadie quería/podía sacarlo a pasear, y yo, que en algún tiempo lo hice, me incorporé a un trabajo esclavista que me impidió continuar con ello. Nacho y Diana le daban de comer por las noches, lo acariciaban un poquito y limpiaban su casa. Yo lo acariciaba antes de irme y al regresar del trabajo, también le cantaba y componía canciones. No hubo un solo día en que no asomara su nariz por la reja cuando llegaba a la casa. No hubo un solo día en que sus ojos colgados no me doblaran el corazón. Me dolía verlo encerrado, me sentía culpable, porque era cruel, porque él merecía una vida mejor.
Pese a todo, Sancho nunca estuvo enojado conmigo, al contrario, con el tiempo se hizo más cariñoso, pero también se volvió más triste. Pero ayer, finalmente, el orejón encontró un nuevo hogar, un lugar en el que tendrá la atención que merece, un sitio en el que será el protagonista, en donde lucirá su belleza. Me despedí de él un día antes, lloré pero sabía que él estaría más feliz. Cuando supe que se lo habían llevado, volví a soltar lágrimas, pero dicen que él salió airoso, gallardo y altivo a la calle. Sin embargo yo, que por primera vez no escuché sus ladridos, ni el arrastre de su casa, ni su aullar, no pude dormir. Eso se llama penitencia.

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