I
Cuando era niña, el Burro me alertó, en repetidas ocasiones, sobre los hombres de los que no debía enamorarme al crecer. La lista incluía dramáticos, autoritarios, controladores, manipuladores, impulsivos o demasiado pasivos, hombres con tendencia a poner pretextos o mentir, a faltarle el respeto a las mujeres o sentirse superior a ellas, y aquellos que se hicieran los dignos sin un argumento válido. Incluso, mi mamá me hizo aprender de memoria la canción «No te enamores de un perdedor». Decía, con su sabiduría habitual, que un síntoma de amar a un mal hombre era que, al principio o al final, lo perdonarías y justificarías en detrimento tuyo. Siempre intenté guiarme por sus palabras.
II
El día que terminé con Sergio, mi primer novio, llamé a sus papás para agradecerles todas las atenciones que habían tenido conmigo. Sonia, su mamá, me deseó mucha suerte y me dijo que encontrara un buen novio, que fuera responsable, que no mintiera, que no tuviera vicios, que viera siempre por mí antes que por él. Agradecí que me hablara como si fuera su hija. Unos cinco años después, Anita, la mamá de Aldo, presenció uno de los tantos reclamos que su hijo me hizo. «No dejes que te hable así, no dejes que te reclame para mostrar autoridad, nunca permitas que te alce la voz, porque lo que tú piensas o sientes es igual o más importante que lo que él tenga que reprocharte», me dijo, después de haberlo puesto en su lugar.
III
Lilia, la mamá de Tato, es una de esas mujeres fuertes que han luchado siempre por sus hijos, sin dejar de ser mujer. En alguna de esas sobremesas que yo tanto disfrutaba, Lilia hablaba sobre la dificultad de entenderse con una pareja. Con toda la autoridad moral y con la experiencia que la vida le había dado, dijo que, en la vida, lo importante era ser feliz, que la persona a la que eligieras debería estar para facilitarte las cosas y no para ponerte trabas en el camino, una persona con la que se pudiera estar, plenamente, sin necesidad de dejar de ser para hacer feliz al otro. «Hay que abrir bien los ojos, porque en dos segundos, las personas muestran su verdadero color», repetía.
IV
El domingo por la mañana, desayuné con la familia de Doc, incluida Sil. Los papás de mi amigo son el tipo de personas a las que uno quisiera recurrir ante los problemas, porque no te solaparían en el error y te consentirían en la tristeza. Con ellos no hay secretos, porque son personas buenas, sinceras y nobles. Antes de irme de su casa, Reina me dijo con una bondadosa claridad: «En la vida, lo único que verdaderamente escogemos es la pareja. Ojalá elijas a alguien que te quiera, que te cuide, que te consienta, que te haga feliz como mereces. Busca quién te quiera y no a quién querer». Nunca mejor dicho.
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