
I
Nunca fui víctima de violencia, me dijo. En mi casa, fui tratada como una princesa, mis amigos me protegieron siempre de una forma especial, fui la consentida de mis profesores y una persona respetada entre mis colegas. Mis parejas siempre se desvivieron por hacerme feliz, por darme mi lugar. Admiraban mi trabajo, mi entorno y la libertad y la confianza que depositaba en ellos. Nunca me olvidé de mis amigos ni dejé que ellos se olvidaran de los suyos. Nunca juzgué a sus familias, sus trabajos, sus estudios, sus hobbies, sus pasiones o sus pasados. Respetaba lo que eran, como ellos respetaban y querían lo que era yo. Fui sincera conmigo y con mis sentimientos, coherente en mis acciones y pensamientos, siempre fui noble y mi peor defecto, decían mis papás, era apostar y creer demasiado en las personas. De los gritos y las ofensas, siempre fui ajena. En realidad creía que el insulto denigraba al emisor no al receptor. Pero tenía carácter, eso sí, por eso nunca dejé que alguien pasara sobre mí… hasta que lo conocí.
II
Parecía un tipo seguro de sí mismo, simpático, muy gracioso. Me hacía reír y yo disfrutaba cada momento con él. Hablaba de lo importante que eran sus amigos para él y solía salir con ellos, a solas, una vez a la semana. Me pareció increíble que valorara tanto la amistad como yo. Apoyaba mi trabajo, pese a que era muy demandante, y aunque él tenía mucho más tiempo libre que yo, decía admirar mi fuerza y capacidad. Él trabajaba en el negocio familiar y lo apoyaba en la idea de emprender uno propio. Nos veíamos casi todas las noches, no el tiempo que ambos hubiéramos querido, pero lo suficiente para disfrutarnos. Estábamos enamorados.
III
La primera señal apareció poco después de haber iniciado nuestra relación. Él había ido con sus amigos y yo decidí ir a cenar con un viejo amigo, algo que no le gustó, pues consideraba que no era correcto que hiciera planes románticos con alguien que no fuera él. No había nada de romanticismo en cenar un sandwich en un café, le expliqué. Aquel día logré que entrara en razón. Días después, él se encontraba de viaje y aproveché para cenar con otro amigo, que no veía desde hacía años. Tras haberme gritado que no estaba bien que yo saliera con mis amigos, me confesó sentir celos. Le dije que no tenía razones, que nunca le mentiría. Le pedí que confiara en mí como yo confiaba en él. Después me dijo sentirse terriblemente triste por mi culpa. Otro día, cuando regresó de uno de sus viaje, decidí sorprenderlo con una cena, para demostrarle lo mucho que lo había extrañado. Su vuelo se retrasó y yo aguardé hora y media bajo la lluvia, todo con tal de verlo aunque fueran unos minutos. Cenamos, nos abrazamos, vimos la tele y me fui a descansar porque había sido un largo día de trabajo. La sorpresa vino cuando me reclamó por estar cansada, pues, a sus ojos, yo no lo hacía sentir amado, pues él hubiera preferido que pasara la noche con él, en lugar de una estúpida cena. Me dijo que era igual a su ex novia, una mujer que no lo hacía sentir especial. No sé si fue más la rabia o el dolor que sentí en aquel momento, pero le pedí que entendiera que había trabajado 14 horas, que llevaba días con migraña y que no había motivos para pelear, que lo importante es que estuviéramos juntos. «Tú me haces sentir más solo que cuando no estabas», respondió.
IV
Comencé a sentirme miserable. Dudaba de mi trabajo y de mi capacidad. También dejé de practicar uno de mis hobbies, porque lo hacía sentir inseguro. Creía que todo lo que hacía o decía tenía una doble intención. Pese a que conoció a mi familia y yo salía con sus amigos, él creía que yo lo negaba ante el mundo. Dejé de ver a mis amigos, para no tener problemas con él, tenía miedo de que se enojara. Los días que él salía por unos tragos o a divertirse o se iba de viaje, prefería irme directo a casa después del trabajo. En mis tiempos libres, siempre estaba con él. Sin embargo, él consideraba que yo no hacía lo suficiente por hacerlo sentir querido, que no lo hacía sentir seguro, que no lo quería. Su argumento fue que, me amaba tanto, que sólo me quería para él. Me sentí como una idiota, muy poca cosa por no saber hacerlo feliz. Le propuse que pusiéramos un negocio y que yo dejaría el trabajo para administrarlo, entonces así pasaríamos más tiempo juntos. No me creyó. También me culpó de no tener detalles con él, de ser fría, así que ni los mensajes, ni las llamadas, ni las sorpresas, ni el tiempo juntos lo satisfacían. Cada discusión era peor, siempre terminaba por decirme algo más fuerte que la última vez, por colgarme el teléfono y no contestar mis llamadas. En cada discusión yo me hacía más pequeña.
V
Un día en que estábamos tranquilos, intenté decirle que odiaba pelear con él, que intentara ser menos impulsivo y que podíamos hablar las cosas sin gritar. Su respuesta me dejó sin habla: «Ya estoy grandecito para que me intentes educar. No necesito una maestra de ética o de moral. No quieras cambiarme». La última vez que supe de él, habíamos tenido un buen día y pensé que todo había vuelto a la normalidad. Una amiga mía tuvo un problema así que me pidió que la acompañara. Cuando le dije que iría con ella todo cambió. Comenzó a decirme que estaba cansado de tener que pasar tanto tiempo sin mí, de que lo hiciera sentir miserable, que odiaba mi trabajo, que yo no era lo suficientemente mujer, que todo había terminado, que era una mujer aburrida y que no me preocupara pues, seguramente conseguiría un hombre más intelectual y más a mi altura. Respondí que estaba exagerando, que toda la semana habíamos estado juntos y que sólo serían unas horas las que no estaría con él, que más tarde nos veríamos. Le dije que dejara de pelear pero insistió, que yo no quería a ningún otro hombre, que con él era y podía ser feliz, a lo que respondió: «yo ya no quiero hacerte feliz». ¿Cuándo cambió todo? ¿Cómo fue que de admirar lo que yo era, terminó por odiarlo? ¿Por qué todo el mundo era capaz de reconocer en mí a una gran mujer menos él? ¿Por qué, por qué, por qué…?
No, nunca antes fui víctima, hasta hoy, cuando sé que las agresiones de baja intensidad, los ataques verbales, también mutilan, doblegan y socavan la integridad de una mujer y que son, de hecho, consideradas como la forma más común de violencia de género. Él quería dominarme, haciéndome sentir miserable, y no entendió que era amor, convicción y confianza lo que nos debía unir. Hoy, concluyó, formo parte de la estadística, en la que una de cada tres mujeres ha sido víctima de violencia psicológica.
Deja un comentario