Mientras veía Oh My God, un recomendable documental de Peter Rodger cuyo objetivo es responder qué y quién es Dios, en la redacción caía la nota principal: «Hallan 72 cadáveres en rancho de Tamaulipas». Horas más tarde, la autoridad informó que los cuerpos pertenecían a indocumentados centroamericanos, que se negaron a pagar la extorsión de un grupo criminal, al parecer de Los Zetas. A estos 72 muertos, se suman los 7 mil 500 que este año ha dejado la lucha contra el crimen organizado; los 6 mil 587 de 2009; los 5 mil 207 de 2008; los 2 mil 275 de 2007 y los 2 mil 119 de 2006, según datos del diario Reforma.
A los muertos, hay que agregar los miles de huérfanos y viudas que ha dejado la lucha emprendida por el Gobierno mexicano, las migraciones internas a causa de la violencia, las comunidades que han quedado desoladas, los negocios quebrados, la censura y amenazas contra medios y periodistas; el miedo de los individuos, la psicosis colectiva…
El desempeño de los actores sólo arrecia la tempestad: Un Gobierno cínico y testarudo, más preocupado en formas que en encontrar una solución de fondo; una Iglesia cobarde, que es candil de la calle y oscuridad de su casa, pues está más preocupada por aparecer en escena reprobando las relaciones homosexuales sin haber resuelto los casos de pederastia que la involucran; un empresariado egoísta que sigue sin pensar en impulsar el desarrollo de las comunidades; una sociedad civil tan apática, criticona y desconfiada que ni un concurso de belleza puede celebrar sin pensar en alguna teoría conspiracional, y medios de comunicación que no han encontrado la forma de informar con responsabilidad.
Siempre he creído en Dios, siempre, independientemente de su nombre o denominación, aunque en este momento no sé muy bien en dónde pueda estar. Si un día decide darse una vuelta por este país, ojalá nos agarre confesados.
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