Nacho no es un tipo que hable mucho, pero, cuando lo hace, ametralla con sabiduría, con picardía o con sinceridad. Por eso cuando abre la boca, siempre lo escucho, más que a nadie en este mundo. Uno de los consejos que más atesoro es uno que me dio en 2004, un día en que yo tenía una profunda tristeza, un corazón roto y unas ganas nulas de hacer las cosas, debilidad física, emocional y mental, pues. Entonces, se sentó en la cama y tras pedirme que no llorara me dijo: «Debes elegir al hombre que más te quiera, no al que tú más quieras». «¿Y cómo lo sabré?», pregunté. «Porque el que más te quiera será aquel que haga todo por hacerte feliz», respondió. Eso es precisamente lo que haré.
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Ayer por la noche, Nacho, como acostumbra, se sentó en mi cama. Hablamos de su muela, de la vida, del amor y del futuro. «Pido todas las noches para que encuentres al mejor hombre», me dijo. «Yo también, Gordo, yo también», agregué. «Ponte en manos de Dios y que sea lo que Él quiera», concluyó.
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