La vez que conocí el mar

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Conocí el mar en Acapulco a los 8 años, en uno de esos viajes que uno recuerda con mucha ilusión, aunque mirados con perspectiva podrían ser causa de daños profundos psicológicos en la infancia. La primera parada que hizo el Corsar 1986 azul-plata, una vez llegado al puerto, fue en Pie de la Cuesta. ¡Qué bonito ver el mar, justo al atardecer! Lo malo fue el asco que me dio pisar la arena. No le ocurrió igual a mi hermano, quien se arremangó los pantalones de rapero y, con todo y su camiseta Mötley Crüe, se metió al mar. Poco más tarde, nos hospedamos en el hotel Calinda.

Al otro día, visitamos a Roberto Galindo, uno de los extraños amigos de Nacho, quien sugirió ir a Caleta, en cuyo mar habitan especies como el pez pañal, el pez vaso y el pez lata, donde los hombres visten bañadores con calcetín y zapato ejecutivo, donde las mujeres usan ropa interior color carne para meterse al mar, donde se registran altos niveles de toxicidad en el agua, donde las familias parecen ser felices. Fue ahí donde aprendí lo que eran las trenzas a la Bo Derek, donde di mi primer viaje en la banana y donde experimenté el bronceado con aceite de coco vendido en botella de salsa Búfalo. Fue ahí también donde le agarré gusto al folclor.

El parque acuático Ci-Ci no faltó en las actividades. La nata flotante de bronceador y pelo no fue suficiente razón para impedir el chapuzón. Fuimos, además, a La Quebrada y a Barra Vieja, al Parque Papagayo y nos subimos a la Calandria que nos llevó por todita la Costera Miguel Alemán. ¡Ahhh, qué viaje más chulo nos aventamos! El que recuerdo como el mejor de mi vida, pese al experimento sociológico al que fui sometida.


Un comentario

  1. Anónimo

    Esto explica tantas cosas de ti…

    Me gusta

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