Ayer, en el café de siempre, escuché una conversación entre un hombre y una mujer. Por lo que entendí, ella había terminado con su novio, con quien parecía haber tenido una larga relación, y tenía ganas de rehacer su vida, de empezar de cero, de conocer a alguien y volver a enamorarse. Él, un extraño defensor del diablo, aseguraba que no debía cerrar el ciclo, es más, que no podía hacerlo, pues ella y su ex, al final, terminarían juntos. Primero estuve en claro desacuerdo con el tipo, a quien quise decirle «imbécil, aconséjale que sea feliz y que deje de esperarlo», aunque después le concedí el beneficio de la duda. ¿La razón? Existen personas bumerán, sí, como el arma australiana, personas que, sin importar qué tan lejos las lances, siempre regresan a su punto de origen. A lo mejor, ella sí es un bumerán y está destinada a volver, a lo mejor ella no debería preocuparse porque, tras rotar sobre su eje, siempre terminará por estar con quien pertenece. Lo más probable es que no sea así, lo más probable es que ella cierre el capítulo y se limite a añorar lo que ya jamás podrá ser, pero quién sabe, aún hay historias bonitas sobre la Tierra.
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