I
Es el cuarto día que despierto con migraña. No quiero moverme, no quiero ir a trabajar, no quiero saber nada de nadie, pero me levanto para iniciar una jornada llena de ejecutados, narcofosas, enfrentamientos, políticos y politiquerías. Pienso que no puede ser peor.
II
Miguel Mejía mide 1.75 metros y pesa unos 150 kilogramos. Tiene grandes tatuajes en los brazos y extensiones en las orejas; el pelo lo lleva casi a rape. Es malencarado y pareciera que sus ojos negros miran sin mirar, como si hubiera un punto muerto frente a él. Viste camiseta negra de un grupo de rock y pantalones de mezclilla de varias tallas más grandes a la suya. Trabaja en una empresa de limpia para el Gobierno del Distrito Federal, cubriendo la zona que va de Miguel Ángel de Quevedo a Tláhuac.
III
Cuatro sujetos, dos hombres y dos mujeres, entran al restaurante Geleé, ubicado en Cuauhtémoc casi esquina con Miguel Laurent, en la Colonia del Valle. Jóvenes, bien arreglados y de apariencia clasemediera caminan entre las mesas del lugar y roban lo que pueden. Se llevan mi bolsa; se dan a la fuga. Don Vicente, el dueño del restaurante, y las meseras no pueden ocultar la angustia; a mí me aflora el enojo que provoca la impotencia.
IV
Apenas ponemos un pie en la calle y la tormenta se suelta. Miguel Garnica, amigo, consejero, psicólogo y diseñador, y yo nos empapamos. Me siento culpable, es por mi mala suerte que Miguel se esté mojando. Tengo frío en los pies y mis botas de gamuza se han jodido por completo. La migraña arrecia y tengo que regresar a trabajar. En casa, mis papás me ayudan a cancelar las tarjetas que se fregaron los rateros.
V
Suena el teléfono de mi escritorio y veo un número externo. Respondo y una voz áspera pregunta por mí. «Encontré su bolsa en un bote de basura de Miguel Ángel de Quevedo. Soy Miguel, Miguel Mejía, puede apuntar mi teléfono para que no desconfíe. No sé si quiera venir por él. No sabía si regresárselo porque, la última vez que regresé algo, una señora me trajo una patrulla como si yo hubiera sido el ladrón, ya sabe, no se puede confiar en nadie». Acepto ir y Miguel Garnica me acompaña para evitar riesgos. Miguel Mejía se presenta y me entrega el bolso. Yo no puedo evitar agradecerle mil veces el acto honesto. Le pregunto si hay algo que pueda hacer por él, hablar con su jefe, por ejemplo, y decirle que es el tipo más decente que existe en el país. «No es necesario. Sólo cuídese mucho y cuide bien sus cosas, es lo único que le pido. Hay gente muy mala, yo en el pasado fui muy malo e hice cosas peores, pero ahora trato de hacer cosas buenas para reivindicarme, pero pues cuídense», responde. Miguel Garnica y yo regresamos al trabajo y estamos felices de haber conocido a Miguel Mejía. A mí, al menos por un día, me regresó la esperanza en la humanidad.
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