Durante su último año de secundaria y toda la preparatoria, Tipi se encargó de ser el más temible guerrillero en contra del establishment de mi casa. Mi mamá, con mano dura, intentó incansablemente de vencer a su detractor, de ahí que vinieran un sin fin de batallas campales, en las que Nacho y yo vimos bombas ir y venir de un cuartel a otro. A veces, las negociaciones parecían prosperar, pero un vacío en el acuerdo o la imposición de la realpolitik de alguno de los dos bandos terminaba por minar todo acuerdo de paz. El recuento de los daños tras los ataques: cruda moral, migrañas, tristeza, impotencia, orgullo y un nuevo intento de encontrar una forma de conciliar ambos intereses.
Con el tiempo, Tipi encontró que el enemigo a vencer era en realidad su aliado. No es que se terminaran por completo los roces, pero ambos entendieron que había más coincidencias que diferencias. Mi mamá, aunque nunca reconoció su victoria, finalmente había triunfado y había logrado que mi hermano bajara las armas y se olvidara de la rebeldía. El resto ya es sabido: Tipi se convirtió en una persona trabajadora, que nunca se quedó con las ganas de nada, que viajó y aprendió de sus errores y que, gracias en parte a las heridas de guerra, hoy es una persona que sabe lo que es conquistar el mundo con soft power.
Hace no mucho, Tipi, que no es una persona que abra mucho sus sentimientos, le dedicó una canción a mi mamá. Ella, que es cursi y sentimental, no puede escucharla sin evitar emocionarse. Tipi siempre ha sido su debilidad, así que se le revuelve la barriga de felicidad de saber que su hijo superó todo y a todos. Por eso, ahora sí debe poder dormir tranquila.
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