
Lo conocí un 24 de diciembre, en Madrid. Durante casi un año, fue mi sombra -o yo la suya-, viajamos por Portugal, recorrimos muchos lugares nuevos, vimos películas, fue mi pareja de baile oficial y una de las personas que más me hizo feliz en mi paso por España. Era imposible no quererlo con su caballerosidad, su sinceridad caribeña, sus ocurrencias, sus disparates y su mirada ingenua, era imposible, también, no quererlo para siempre.
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Nos separamos el 1 de octubre de 2008. Fue la última persona en abandonar el Aeropuerto de Barajas el día que regresé a México. Minutos antes de subir al avión, llamé a dos personas, Raai (que no la RAE) y Yamil, a quienes les dije cuánto los quería, cuánto los extrañaría y cuánto les agradecía los momentos buenos y malos que pasaron a mi lado. Me dolió dejarlos porque habían sido mis dos incondicionales, porque se habían acabado las trasnochadas a su lado, porque no sabía cuándo los volvería a ver.
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Nunca pasa más de una semana sin que sepa algo de él. En Nochebuena de 2010, tres años después de haberlo conocido, me mandó esta fotografía acompañada de unas palabras que me sacaron una sonrisa, como siempre. Poco antes, un día en que Raai (que no la RAE) y yo lo recordábamos, que hablábamos de lo triste que fue nuestra separación, concluimos que Yamil era uno de los mejores hombres sobre la Tierra, uno de los buenos para formar una familia. Entonces, lo eché de menos como nunca.
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