Rosa fuerte

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En enero de 2010, Enrique y yo conversamos acerca de cómo le había cambiado la vida con la enfermedad de su madre. Había dejado su trabajo de fotógrafo en Veracruz y regresado a la Ciudad de México para estar cerca de ella. La cuidaba sin consentir que se hiciera la débil, pues siempre la supo fuerte, como su nombre, Rosa Yolanda, y le dedicaba horas enteras todo con tal de saberla mejor. «Algún día la vida te lo pagará», le dije. «La vida ya me lo pagó con la mamá que me tocó», respondió y no tuve nada más que agregar.

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Rosa llegó a nuestras vidas en el verano de 1987. Enrique y yo coincidimos en un festival del jardín de niños y ella acudió a mi mamá en busca de un traje de charro que mi hermano había utilizado poco antes. Desde entonces y durante más de 20 años, por lo menos una vez a la semana, se escuchaba una fuerte voz que exclamaba «¡Se puedeeee!», anuncio que formalizaba la amenaza de hacerse presente. Al principio, pasaba horas hablando con mi mamá, mientras se tomaban un café. Años después, mi papá se sumó a las charlas y cambiaron el café por el ron. En todo ese tiempo, nunca le faltó una sonrisa o una frase amable, ni un abrazo ni el ánimo positivo para seguir adelante. Siempre admiré su fuerza, porque, ante sus problemas, que fueron muchos y muy grandes, jamás se achicó.

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«¿Bueno, quién habla?» «Tu consciencia» «¡Hola consciencia! ¿Cómo estás? ¿Cómo están tus hijos?» «Bien, ¿cómo estás tú? Hace mucho que no te veo, ¿vas a estar en tu casa? Al rato voy a ir, ojalá te vea. ¿Me pasas a tu mamá? Te quiero mucho». Por conversaciones telefónicas similares, Rosa se convirtió, oficialmente, en mi consciencia. Sabía casi tanto de mí como mi mamá, mucho más que la mayoría de mi familia sanguínea. Siempre estuvo al tanto de todo, incluso cuando una extraña enfermedad se apoderó de ella y la imposibilitó para salir de casa. Aún debajo de la máscara de oxígeno, era notable su sonrisa. El ánimo nunca lo perdió, mucho menos la esperanza. Un día que estuve en su casa, por ejemplo, la vi más joven y bonita que como la recordaba. «Me siento muy bien, ya quiero salir a trabajar. Ya recuperé peso, ahí la llevo de gane», dijo. Después me consoló por mi mal de amores. Ella no lo supo, pero me dio una gran cachetada con guante blanco, pues, con todo y sus achaques, se dio el tiempo para animarme por quien no merecía la pena. Rosa, en ese momento, se convirtió en un ejemplo a seguir.

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Regresaba del cine cuando vi a Rosa, su esposo e hijos afuera de mi casa. Me alegró que hubiera salido de su encierro y nos hubiera ido a visitar. «¡Qué bueno, Rosy está mejor!», pensé. Bajé del coche y, cuando me acerqué a saludarlos, sólo encontré caras tristes. Eran los primeros minutos del 27 de noviembre de 2010 y Rosa acababa de morir. No lo creía, yo la había visto segundos antes y estaba sonriente y serena mientras esperaba a mi mamá. No fue sino hasta horas más tarde, cuando estuve frente a su féretro, que comprendí que sí, que Rosa había estado ahí, dándole fuerzas a su familia, incluida mi mamá, quien esta vez había perdido una hermana.


Un comentario

  1. Anónimo

    Hay quienes ni siquiera la tienen, consciencia, y tú tenías ese algo que presumir. Que bueno que tuviste la fortuna de conocer a alquien como ella y que inmortalices sus gestos con este post.Sin embargo, la vida es una broma que debemos afrontar. Jflo

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