La (no) mamá de mi mamá

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Tendría unos setenta años cuando comenzaron los primeros síntomas, tal vez menos. Había sido una matriarca que se las ingenió para sacar a sus seis hijos adelante, pues enviudó siendo muy joven, así que no debió serle nada fácil enfrentar la pérdida de su fuerza mental. Mucho menos le habrá gustado saber, después de haber sido una eterna niña caprichosa, darse cuenta que se había convertido en dependiente de su nuera, mi mamá, a quien nunca le mostró mucha simpatía.
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El alzheimer se instaló en mi abuela durante casi veinte años, aunque fueron los últimos diez los que fueron verdaderamente difíciles. Poco después de haber cumplido los ochenta, Consuelo comenzó a inventar historias de ladrones, aseguraba haber visto al Diablo, creía que alguien quería robarle, rompía vidrios y a veces era la víctima de una conspiración inventada en su cabeza. Luego, pareció olvidar casi todo menos rezar, así que se aventaba maratones de Padres Nuestros y Aves Marías; más tarde, fue un sonido gutural, «mmmhhhh», lo único que salía de ella. Con los años, también dejó de caminar, comer, reír, escuchar… y, en todo ese tiempo, mi mamá fue la persona que estuvo a su lado.
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Mi mamá exigió de mi hermano y de mí madurez y comprensión, aunque no teníamos más de diez años. Creo que esa fue la época en la que nos hicimos independientes, pues la mayor parte del tiempo mamá se dedicaba a cuidar a mi abuela. Así, aprendimos a regresarnos solos de la escuela, a salir con la familia sin que estuvieran mis papás e, incluso, a cuidar de ella si tenían que salir. Si Consuelo nos pegaba o se abalanzaba sobre Tipi o sobre mí, o si decidía escupirnos o aventarnos un plato de sopa caliente en la cabeza, debíamos aguantar sin responder, porque ella, decía mi mamá, era frágil y no sabía lo que hacía. A mamá le dolía que tuviéramos que crecer así, aunque nunca dijo nada.
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Como si fuera una chiquilla, Consuelo encontró en mi mamá, su «tutora», al enemigo a vencer. Aún debe quedarle alguna cicatriz de los millones de rasguños que mi abuela le propinó, sin contar los muchos vestidos que le rompió, todas las cosas que le perdió o las decenas de noches que la despertó. Vi a mi mamá muchas veces impacientarse, pero no hubo un solo día en que ella le faltara el respeto, al contrario. Recuerdo, por ejemplo, como le suplicaba, con cariño, que comiera un poquito, que abriera los ojos, que se tomara su medicina. En los últimos meses, había días en que mi mamá no podía tomar ni el baño, pero siempre vistió y maquilló a Consuelo, incluso cuando ella sólo tenía fuerzas para dormir. En esa época, ambas sufrieron mucho. Mi mamá le hacía curaciones en las llagas que se formaron en su piel, y en Chelito podía verse un gesto de sufrimiento. No imagino cuántas veces mi mamá tuvo ganas de tirar la toalla, pero nunca la escuché quejarse.
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La vida decidió darle puros hijos varones a mi abuela, quien muchas veces mostró su miedo a no tener una hija que la cuidara en la vejez. Tal vez, por eso, porque uno crea sus miedos, su lección fue haber tenido que ser cuidada por mi mamá, «la niña», como mucho tiempo le dijo en un tono un tanto despectivo. Hay quienes dicen que, en la última etapa del Alzheimer, las personas han perdido tanta capacidad cognitiva que son incapaces de pensar, de recordar o de mostrar algún sentimiento. Pero, un día antes de morir, después de varios años de no haber pronunciado una sola palabra y de meses de no querer abrir los ojos, Consuelo despertó, acarició la cara de mi mamá con esas palmaditas tan suyas, y le dijo: «Gracias, qué bonita eres».

3 respuestas

  1. Anónimo

    Las enfermedades que envuelven la mente de las personas son terribles y desgastantes, no sólo para quien las padece sino también para quienes están alrededor de esas personas. Aunque el caso en mi familia es mucho más ligero y diferente, leer estas experiencias me hacen pensar que es posible amar a las personas así, a ese nivel, pero el día a día se sufre y hay ocasiones en que las fuerzas flaquean y te sientes mal porque te desesperas, porque ya no sabes qué hacer. Pero al final pienso que muchas personas tiene que convivir con casos mucho más difíciles, como éste, ojalá tenga la fuerza para enfrentar con mayor entereza una situación que a veces, creo, me rebasa.

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  2. Anónimo

    bruja!!!!!! cuántos recuerdos…….. cuántas anécdotas……………, cuantas historias……..

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  3. Anónimo

    Justo este fin de semana recordé a Chelito cuando miraba a mi abuela… TQM Diana… a tu mamá también…

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