Hace más de cuatro años me robó el corazón. No tuvo que hacer mucho, sólo ser él y compartirme sus locuras. Me gustó, desde el principio, su cabello revoltoso y su risa contagiosa. Lo veía una vez a la semana, jugaba un rato con él, le hacía cosquillas y dejaba que me contara historias, muchas, todas las que él quisiera. Me acostumbré a sus gritos y a sus bailes, a planear complots a su lado, a sus travesuras y a su mundo pues, de cierta forma, se convirtió en mi escudo ante los adultos que tanto me asustaban.
Un día, sin querer, perdí contacto con él. Me dolió saber que ya no lo vería crecer y que ya no podría escucharlo más. Luego me resigné a que me olvidaría, porque a esa edad es muy fácil adaptarte a nuevas personas y realidades y dejar de recordar a quienes ya no están a tu lado. A veces también pensaba que él estaría enojado conmigo, que creería que, como otras personas lo hicieron antes, yo también lo había abandonado, aunque eso no fuera del todo cierto.
Ayer regresé a casa de Mateo. Hacía más de un año que no lo veía y me sorprendió cuánto había crecido. Ya no estaba chimuelo pero aún conservaba la melana despeinada y la risa contagiosa. Estaba alegre, como casi siempre. Temí la reacción que tendría, así que entré cautelosa a su hogar. «¡Diaaaaaana!», gritó cómo antes y corrió a abrazarme como nunca. «Te extrañé. En todo este tiempo me preguntaba dónde estarías». Yo lo apreté mucho y le dije que también lo había echado de menos y que estaba muy feliz de verlo. Lo que no le dije fue que le agradecía que no hubiera abandonado sus ojos de niño de ocho años y que no hubiera cambiado la inocencia por el mundo de adultos al que aún no le he perdido el miedo.
Ayer regresé a casa de Mateo. Hacía más de un año que no lo veía y me sorprendió cuánto había crecido. Ya no estaba chimuelo pero aún conservaba la melana despeinada y la risa contagiosa. Estaba alegre, como casi siempre. Temí la reacción que tendría, así que entré cautelosa a su hogar. «¡Diaaaaaana!», gritó cómo antes y corrió a abrazarme como nunca. «Te extrañé. En todo este tiempo me preguntaba dónde estarías». Yo lo apreté mucho y le dije que también lo había echado de menos y que estaba muy feliz de verlo. Lo que no le dije fue que le agradecía que no hubiera abandonado sus ojos de niño de ocho años y que no hubiera cambiado la inocencia por el mundo de adultos al que aún no le he perdido el miedo.
Replica a Anónimo Cancelar la respuesta