La prueba fue positiva, estaba embarazada. Poco antes de la noticia, tú habías tomado la decisión de terminar la relación, pues eran más los momentos de agobio que de felicidad. Claro que la apreciabas, aunque nunca estuviste enamorado. Pero, el día que supiste que esperaba un bebé, aceptaste su propuesta de intentar reconstruir todo y formar una familia. En el fondo, nunca creíste que funcionaría. Cuando conociste a tu hija, todo se llenó de vida, incluso tú. Por primera vez, habías encontrado tu debilidad, que, irónicamente, era, además, tu fortaleza. Se te ablandó el carácter y cambiaste tu mal humor por risas; cambiaron tus rutinas y el espacio en casa se achicó, pero merecía la pena por el nuevo mundo que acababas de conocer. Todo lo impregnó. Tu hija también se convirtió en una válvula de escape: en ella te refugiabas cuando querías huir de los reproches, de las manipulaciones, de los celos, de la obsesión, de la agonía. Pero de la verdad, por más que te escondiste, no pudiste escapar. Hoy te duele decirle adiós a una mentira, te odias por no haber aprendido a vivir en la ficción y te da miedo saber que el ciclo ha terminado, porque aborreces la incertidumbre y porque lo que más quieres en este mundo está de por medio. Y es precisamente por eso, por tu hija, que ha llegado el tiempo de coser las heridas que te has hecho, para que ella te sepa mejor hombre, mejor padre, mejor humano.

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