Mi ingreso a la logia de los pequeños

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Adquirí consciencia de mi diminuto tamaño cuando tenía cuatro años. Las madames del Güi-Güi organizaron un festival para acabar el ciclo escolar, así que eligieron una serie de bailes típicos del mundo para que los niños los interpretaran, como flamenco, rumba, samba, paso doble y más. Cuando Madame Lola hizo la selección de los niños, puso a todas mis amigas a bailar el cancán, un atrevido baile francés de movimientos vulgares. Cuando llegaron a mi apellido, sin embargo, Madame Lola me eligió para bailar el jarabe tapatío, lo que no me importó mucho hasta que vi los vestuarios. El del cancán, con su falda de vuelos y sus encajes y plumas y collares, me pareció el traje más femenino y vaporoso, muy contrastante con la falda recta y los colores mexicanos del mío. Fui, entonces, a inconformarme con ella, alegando que quería bailar el cancán porque quería usar el deslumbrante traje parisino, a lo que, dulcemente, respondió que el cancán era para las niñas grandes. Insatisfecha con la respuesta, alegué que, en ese baile, estaban todas mi amigas, que iban en el mismo año que yo y que, por consiguiente, yo también era de las grandes, pero me dijo que no, que yo estaba muy pequeñita y que ellas eran altas y que me sería complicado cargar la falda. Me puse triste, no sé si porque me sentí discriminada o porque me di cuenta que el tamaño sí importa, tanto, que jamás pude bailar el cancán.

Un comentario

  1. Anónimo

    nunca es tarde!!!! ahora quien te lo impide????m tu baaailalo!!!!

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