Mi adicción a los zapatos

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Hace algunas semanas, un editor serio de un diario serio se me acercó intrigado. «¿Cuántos zapatos tienes?», preguntó. No supe la respuesta. Días después fui con Rea a comprar algo que necesitaba y que no encontré, y terminé empobreciendo mi cartera con un par nuevo de zapatos. «¿Desde cuándo tienes una fijación con los zapatos?», cuestionó.
En agosto de 1995, yo era una puberta más buscando mi lugar e identidad en un mundo en el que los pubertos son, por antonomasia, amorfos. Fue entonces cuando ingresé a un colegio de puras mujeres, justo cuando tenía 12 años, una edad en la que todo lo que los demás digan importa mucho, la edad en la que lo malo parece una tragedia y lo bueno una comedia musical. Si a los defectos físicos propios de la edad, como un ojo más grande que otro, una cara redonda o unas piernas regordetas, se le suma una mala imagen, el destino puede ser fatídico, pero mi papá no opinaba igual. El día que fuimos a comprar los zapatos para el uniforme, Nacho consideró que las únicas dos opciones que había en todas las tiendas eran muy caras y de mala calidad, así que decidió buscar algo mejor y más baratos. Recé para que no hallara nada, pero mis plegarias no fueron escuchadas y su búsqueda por el mercado de La Lagunilla fue fructífera, así que compró los mocasines más lamentables de la historia, con un color que se debatía entre el café óxido y el café Emulsión de Scott, jaspeados, por supuesto, y unos flecos tipo chaqueta tamaulipeca. Debo reconocer, sin embargo, que mi papá sí acertó en la calidad, pues resultaron tan pero tan buenos que me duraron los tres años de la secundaria y, por más que lo intenté, ni un hoyito se les hizo a los desgraciados. Lo que sí pude fue sobrevivir a la secundaria con comentarios hostiles sobre mi desafortunado calzado, típicos de la crítica femenina.
Cuando empecé a ganar dinero, lo primero que hice fue comprarme unos zapatos a mi gusto, más por melancolía que por necesidad. Desde entonces, el accesorio se me volvió un capricho, pero ahora que he descifrado las causas de mi mal, tal vez comience la recuperación… ay ajá.

Un comentario

  1. Anónimo

    la recuperacion??? como??? uno siempre dice…los ultimos y ya…!!!

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