
I
Cuando era estudiante de la facultad de Economía de la UNAM, Azucena encontró en Don Felipe, el amigo más cercano de sus padres, un consejero y un refugio. Con él hablaba de sus ideas políticas, de sus sueños, de la izquierda y la derecha, de sus rebeldías y de todo aquello que no podía compartir con su familia, mientras que él descubría en ella a la hija que jamás pudo tener.
II
De los seis hijos varones que tuvo Don Felipe, el mayor no sólo llevaba su nombre, sino que compartía su carácter, su temple y su físico. Era ingeniero, como su papá, y, siguiendo sus pasos, se inició muy joven en la industria papelera. Era alto y robusto, de expresión seria e imponente, de esos hombres que no necesitan gritar para hacerse respetar. Para Azucena, once años menor, él era lo más parecido a una utopía.
III
Para calmar sus aires de libertad y asegurar su futuro, los padres de Azucena convinieron casarla con un hombre de posición económica destacada. Con su apellido, ella accedería cómodamente a una sociedad rígida y se le suavizaría el carácter. Ella no los contrarió.
Para anunciar el compromiso en sociedad, las familias organizaron una elegante cena. Mientras todos estaban reunidos, esperando la llegada de la futura novia, Azucena y Don Felipe tuvieron un diálogo en privado:
-¿Estás enamorada?
-No.
-No te cases si no estás enamorada.
-¿Qué hago?
– No vayas a la cena. Llama a tus papás y diles que no llegarás, yo me encargo de lo demás.
IV
Don Felipe, mi abuelo, murió de un paro cardiaco en noviembre de 1960, un año antes de que Azucena y el mayor de sus hijos se casaran. “Él me salvó de casarme con un hombre al que no amaba y me regaló un hombre al que adoré, el hombre con el que viví los mejores cincuenta años de mi vida”.
Deja un comentario