Consciencia

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A veces quisiera no tener consciencia. Cuando adquieres consciencia de las cosas, también te llenas de miedo. Miedo a aventarte de un trampolín o a subirte a una de esas montañas rusas que te ponen los pelos de cabeza. ¿Por qué mientras más grandes somos, más temerosos nos volvemos? De niño, por ejemplo, no tienes que cuidar las palabras, no tienes miedo a decir las cosas porque no tienes miedo a herir. ¿Por qué? Porque no tienes consciencia del dolor, porque no sabes lo cruel que puede ser el mundo. No te importa, tampoco, decir no me gusta o no quiero, porque no hay tapujos mentales, porque te da igual quedar bien con los demás. Quisiera no tener consciencia para poder jugar con la tierra o sentarme en medio de un parque sin que me preocupe si me voy a ensuciar. Quisiera combinar toda mi ropa sin sentido, sin miedo a la crítica o sin pensar en lo bien o mal que me veré. Quisiera poder comer todos los dulces, panes y pasteles sin que me importara engordar. Quisiera no tener consciencia para poder hacer experimentos y descubrir por mí misma para qué sirven las cosas. Quisiera retar a la suerte y subirme a una barda o pararme de manos sin miedo a caer. Quisiera no ser consciente para que todos los enojos y lo feo que hubo en el pasado se esfumara sin dejar resentimientos. Quisiera no ser consciente de tanto amor, porque así no me daría miedo olvidar.

Un comentario

  1. Anónimo

    Decían que era tan importante hacerse el amor, el uno al otro, con pasión desbordada, con sábanas de seda, con aire entrando por las orejas, con vino, con noche, con amanecer… con una buena orquesta de fondo. La inspiración llegaba a través del sudor, de las manos que se morían de ansias y de las piernas que se entrelazaban con cada golpeteo de la piel. Ella tenía un extraño ritmo sexual: abría la boca una vez, gemía la siguiente, abría la boca otra vez, gemía dos veces seguidas. Supongo que la excitación a veces suena, a veces no.Atte: 0428

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