Mientras más pasan los años, piensas menos en la forma y te centras más en el fondo, al menos en lo que se refiere a una pareja. Cuando eres niña, sueñas con el príncipe azul, un hombre guapo, encantador y valiente, digno de la nobleza, un caballero que hable rimbombante, que te salve de los malos, que te ofrezca un castillo para vivir, que sea de buena familia y que te ame al punto de pelear contra un dragón. Al llegar la juventud, ya no esperas al príncipe, y deja de ser importante si habla rimbombante o si viene de una familia de nobles. Cuando tienes casi 30 años, basta con que un hombre quiera una vida compartida a tu lado, con que te quiera como a nadie en el mundo, que seas su prioridad y que te haga reír. Lo demás, es puro cuento.
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