Tío Arturo

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De camino al trabajo, pensé en mi tío Arturo. Mi tío Arturo solía hacer casi todo lo que socialmente escandaliza, aunque en el fondo todo mundo lo desea. Digamos que su autenticidad le impedía conocer la doble moral. Su amor por este mundo le permitió sobrevivir a más de nueve infartos. Vivía con la firme convicción de disfrutar al máximo, por eso nunca dejó la comida poco sana ni el brandy que tanto le gustaba. Tampoco dejó el cigarro. Cuando los médicos le preguntaban si fumaba, el sólo decía: “sí, pero ya no le doy el golpe”, y sonreía graciosamente detrás de su bigote. Jamás hizo ejercicio. Si llegabas a su casa, lo más probable es que lo encontraras acostado, haciendo un crucigrama, viendo pornografía o alguna película mala de la televisión. Si había pornografía, no hacía ningún intento por quitarla, sin importar el tipo, edad, religión o género del invitado. En su mesa de noche, había cientos de revistas eróticas y catálogos de ropa interior femenina. En la madera de la cabecera de la cama, un círculo blanco lucía en la zona en la que él recargaba su cabeza, como si hubiera querido dejar constancia de la vida sin presión que ejercía. Compraba ropa interior de mujer, no para usarla, sino por una fijación que jamás le avergonzó. Fue un ser ajeno a la tiranía del “qué dirán”. Disfrutaba de la compañía. No hablaba mucho pero lo hacía con agudeza, al estilo de la cábula y el vacilón. Le causaba diversión el albur y los chistes subidos de tono. Era ojo alegre, de los que miran sólo para soltar comentarios atinados sobre la víctima en cuestión. Se reía con ritmo y desde la barriga, y su cinismo resultaba verdaderamente enternecedor. Siempre te hacía reír. Cuando “El Gordo”, se fue de este mundo lo hizo sonriendo, con la satisfacción de haber hecho todo cuanto quiso y haber amado todo lo que pudo. Fue uno de los más grandes hombres, no por su notoria fisionomía, sino por la libertad y felicidad con la que existió… De camino al trabajo, pensé en mi tío Arturo, había tenido una crisis existencial y pensé: ojalá algún día yo tenga esa cordura.

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