Para Nacho es importante que yo no sea una hereje, pues cree que el día que le rinda cuentas a Dios, Él lo responsabilizará por mi distanciamiento con la Iglesia. Así que, luego de varios años de ausencia y mi negativa a creer en la institución eclesiástica, ayer cumplí mi promesa y regresé a misa con él. Confieso que no me llevé ninguna desilusión, porque prácticamente no le entendí nada al padrecito, que se esforzaba por acentuar incorrecta pero rimbombadamente cada palabra. Además y sin afán de justificarme, estaban las pequeñas interlocuciones y acotaciones que Nacho hacía durante la Homilía, lo que impedía, aún más, mi comprensión sobre el Evangelio. Lo que sí comprobé es que en el rito dominical nada ha cambiado: ni los puestos afuera del templo, ni las indias vendiendo sus bonitas muñecas, ni lo papelitos de las lecturas, ni los cantos de Nacho, ni las bancas, ni el piso, ni la concurrencia… ni lo mucho que me gusta estar con mi papá, aunque sea en la Iglesia, aunque sea para recordar lo perdida que está mi alma.
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