Después de la crisis de 1994, la situación económica en casa jamás volvió a ser igual. De un año a otro se acabó lo que entonces conocíamos como normal: adiós a los restaurantes cada fin de semana, a los viajes por carretera, a las compras en Estados Unidos… Lo normal se volvió austero, lo abundante se volvió atípico y lo atípico se convirtió en lujo. Aquel año, en que se levantó el EZLN y el candidato Luis Donaldo Colosio fue asesinado, no sólo significó el fin del falso milagro mexicano o el drama de miles de familias que vieron devaluados sus sueños, su dinero y su dignidad, significó, también, el inicio de una tragedia personal: la pubertad.
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La pubertad no es sino la etapa en la que eres deforme. Un brazo es más largo que el otro, los ojos se te enchuecan o, como en mi caso, te desarrollas al grado de perder la forma humana. Es justo la etapa en la que te avergüenza tu físico y, al mismo tiempo, cuando tienes que aprender a convivir con el sexo opuesto y las críticas del género, la etapa en la que la coquetería se vuelve obligada, la ropa importa y estar a la moda es vital para la popularidad. Como se deduce, a esta situación hostil y personalmente vulnerable, una economía precaria contribuye al fracaso del puberto, por lo que todo parecía apuntar hacia un panorama oscuro, donde yo estaría condenada a convertirme en la comidilla de la secundaria de monjas y la última de la especie en ligar… y así hubiera sido sin mi mamá.
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Con los pocos pesos que tenía en la bolsa, mamá siempre se las arregló para que yo tuviera. Si había una fiesta importante, me compraba alguna ropita con la que estuviera presentable. Aún recuerdo su carita de sufrimiento cuando decía “sólo me alcanza para esto”. Si no había para comprar, entonces conseguía algo que me quedara bien. Le importaba porque quería formarme como una mujer libre y segura, pero eso también significaba enseñarme a ser feliz con lo que tenía y con nuestras posibilidades. “Tenemos lo suficiente, gracias a Dios, porque hay quienes ni para eso tienen”, decía.
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Si hoy pudiera pasar el día con mi mamá, le compraría un vestido o dos o tres, para que se sintiera bonita como ella me hacía sentir. Como siempre, le costaría trabajo aceptarlos porque le es más fácil dar. Le daría un abrazo y le daría las gracias por ser la mujer y la madre que es. Lo que tal vez no le diría es que jamás se me olvidará todo lo que hizo por mi hermano y por mí para que saliéramos bien librados de un mundo en donde lo material se antepone a la esencia de los seres humanos. Tal vez, tampoco le diría que lo poco que ella cree que nos dio, en realidad fue mucho y que si no hubiera sido por su temple, yo no sería la persona que soy. Pero, como hoy no puedo estar cerca de mi mamá, desde lejos, le doy las gracias por nunca rendirse.
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