De todos los maestros que he tenido, Z. ha sido el mejor de todos. Tal vez fueron sus métodos poco ortodoxos o tal vez su humor negro, pero de nadie he aprendido tanto sobre la psicología del colectivo mexicano como de él. Z. fue mi jefe durante cinco años, tiempo en el que desarrollamos una especie de relación padre-hija, en la que él decía y yo cuestionaba. Pese a su ecuanimidad y nunca haberse exaltado, fui muchas veces irreverente a su palabra, otras reclamé en nombre de la justicia y algunas más llegué a considerarlo mi verdugo y represor. O sea que, en nuestra relación, yo era la adolescente con aspiraciones de comerme el mundo y él era el sabelotodo que demostró que el tiempo siempre le daba la razón. Ha pasado un año desde que Z. ya no es mi jefe y ahora valoro más todo lo que es, tal vez porque ahora tengo perspectiva, y, a veces, lo único que hace falta para comprender la sabiduría de las personas es eso. Yo siempre lo quise, respeté y admiré como periodista, pero ahora lo hago también como maestro, jefe, no-papá y como el ser humano que es.
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