Después de más de cinco años de no haber pronunciado una sola palabra, de no recordar ni siquiera cómo comer, mi abuela, víctima del Alzheimer, habló. Acarició la cara de su nuera, mi madre, y dijo, con voz temblorosa: “¡qué bonita eres! Gracias”, y volvió a quedar en silencio. Al otro día murió. Al igual que mi bisabuela materna, mi abuela paterna, antes de partir, pidió que le pusieran sus zapatos. Mamá supo entonces que mi abuela partiría y así fue. La abuela de Luis, Mamá Elvira, también sufrió la cruel enfermedad. Horas antes de su muerte, ella miró profunda y lúcidamente a su nieto, algo que no había sucedido desde tiempo atrás. Luis supo que era la despedida y así fue. Gerardo Barrales murió después de haber recibido a su cuñado Arturo, algo extraño porque Arturo había muerto tiempo atrás. Toda la familia supo que, tras esa visita, Gerardo estaba a punto de descansar y así fue. Daniel, mi abuelo, murió un 2 de enero, un día antes de su cumpleaños. Por esos días o en días de fiesta, un extraño olor surge en casa de mi abuela, una mezcla de la loción y el licor que Dany acostumbraba. Todos creen que el abuelo se hace presente para seguir entre los suyos y así es. Tal vez es la fascinación del mexicano por la muerte, pero debe haber algo bueno en ella, tanto que es capaz de unir a quienes están alejados, que revive recuerdos, desatas nostalgias y que hace creer, por un tiempo, que lo imposible también puede ser.

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