Viajes a Laredo

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La travesía empezaba en la Ciudad de México y no paraba hasta cruzar la frontera con Estados Unidos. La logística era sencilla: Maletas semivacías y paradas siempre en las mismas zonas sólo para comer y estirar las piernas, desarrollar una vejiga resistente y aprender a dormir en movimiento. Nacho, que es diurno, solía manejar por las mañanas y mi mamá, que siempre ha tenido complejo de búho, por las noches. Por ende, la música se repartía igual: por las mañanas, rancheras y rock de los sesenta en español y por las noches tríos, baladas románticas y boleros. Tipi y yo aún no habíamos definido nuestros gustos musicales, así que todo nos venía bien. Poco antes de pasar la frontera, regalábamos la comida que teníamos a los niños sin recursos. Nos gustaba ver lo felices que eran recibiendo plátanos dominicos y pollo rostizado y tortillas y tortas y pan dulce.
Llegábamos a Laredo de noche, donde nos esperaba el hotel de siempre, con un viejo canoso y amable atendiendo, una minialberca helada, lo cual Tipi constató al caerse una vez con ropa, y un cuarto con dos camas matrimoniales, un minirefri, una miniparrilla, una mesa y un baño con tina. Nada más dejábamos las maletas y el HEB nos esperaba: leche para Tipi y Nacho, cups de vainilla para mi mamá, dulces y papas americanas y cosas para desayunar durante nuestra estancia. Al día siguiente lo primero era ir a abastecernos de ropa para el resto del año: comprar, comprar, comprar para que en la noche yo le modelara a mi papá todo lo que había elegido. Mamá y yo siempre comprábamos mucho. Tipi y Nacho solían ser menos ambiciosos. Después, llegaba la consagrada visita a Pep Boys, la tierra prometida para mi papá. Para Tipi y para mí, esa parada tenía el rostro de la tortura, pues se convertía en horas-vida de ver volantes, llantas, colguijes aromáticos, refacciones y tapetes de coche. Esos tres hermanos mecánicos eran, sin duda, una mala combinación para la indecisión de mi papá. Sólo diré que recordar ese olor a llanta nueva aún me provoca dolor de cabeza y que hace poco que Tipi me dijo que estaba ahí, no pude evitar sonreír apanicada. Antes de acabar la noche, cena en el pollo Church, con elotes dulces, o en Wendy’s, con refrescos gigantes.
Los días siguientes eran mejores. Mientras mis papás hacían cosas aburridas de adultos, Tipi y yo nos íbamos a la juguetería a efectuar el robo hormiga de tarjetas de futbol americano, con las que mi hermano cree que algún día pagará la educación de sus hijos. Nos equipábamos con nuestras cangureras y las atascábamos. Recuerdo que gracias a ello mi hermano consiguió algunas conmemorativas de Joe Montana en holograma, las cuales, por cierto, aún están en mi habitación. Tipi compraba algunos G.I. Joe y yo lápices de figuritas para agrandar mi colección. Alguna vez, también compramos un Dizzy de peluche entre los dos, el cual, por cierto, mi hermano se quedó alegando que era más suyo que mío por haber puesto 50 centavos más. Era legal.
Alguna vez, pasamos una Navidad cenando carnes frías en el hotel. Otras veces, mi abuela Consuelo nos acompañó, hasta que el Alzheimer la imposibilitó para disfrutar los viajes largos y las compras compulsivas. Una de esas veces, mi hermano y yo la recordaremos siempre como el día que mi abuela nos dio té de Sprite, que consistía básicamente en calentar el refresco en el microondas.
Nunca volvimos a tener viajes como los que hacíamos cada año a Laredo, cuando la bonanza apremiaba nuestro hogar. Gracias a ellos, mi hermano y yo conocimos los road trips y los casetes carreteros, desarrollamos nuestra capacidad de tolerancia, agrandamos nuestras vejigas y supimos, con certeza, que el significado de “los cuatro fantásticos” se reducía a nuestro núcleo familiar.

Un comentario

  1. Anónimo

    ¡Qué de imagenes! Vaya, hay que agradecer que escribes, pero sobre todo, que compartes. Gracias.

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