Sobreviviendo a mis padres

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Tipi y yo sabemos que no es fácil soportarnos cuando estamos juntos; nos reímos demasiado, nos burlamos demasiado, nos molestamos demasiados y nos entendemos demasiado, aunque eso no es motivo suficiente para que mis papás se empeñaran durante años en sabotearnos.
A lo largo de nuestra niñez, mis papás se caracterizaron por ponernos al borde de la muerte, sin pensar en las secuelas que eso dejaría. No teníamos ni cinco años cuando mi mamá nos mandaba al mercado, tal vez esperando que el robachicos hiciera de las suyas. Otro día, siendo nosotros muy pequeños, mamá nos llevó a la Feria de Chapultepec, y, mientras estábamos en uno de los juegos, ella desapareció. Según su teoría, ella nos observaba desde lejos para ponernos a prueba y ver cómo reaccionábamos estando solos. Según nuestra teoría, quería abandonarnos ahí pero no le resultó gracias a que Tipi contactó al personal de la Feria. Nacho también hizo de las suyas. De niños, mi papá solía jugar a que nos asfixiaba con las manos, o dejaba caer todo su peso sobre nosotros, o, en sus ataques de ansias, se le pasaba la fuerza y sus puños terminaban estrellados en nuestra cara. Sin importar el tamaño del golpe, Nacho siempre se reía de su hazaña.
Estando juntos, mis papás también nos pusieron en riesgo. En una ocasión, cuando yo tenía unos siete y Tipi nueve, mis papás decidieron quedarse en la cantina UdeG de la Colonia Guerrero, popularmente conocida por ser una zona delincuencial y de alto riesgo. Como no dejaban entrar a menores de edad, nos dejaron abandonados en el coche, aunque, eso sí, nos alimentaron con cacahuates cual animales de zoológico. En otra ocasión similar, en la que yo no estuve presente, mi hermano se quedó en el coche con una de las chicas que trabajaba en la casa, a la que le olían muy feo los pies. Ahí, Tipi pudo haber muerto de asfixia o algo peor, pues estaba nada más y nada menos que en el barrio bravo de Tepito. Otro de sus múltiples intentos por desaparecernos ocurrió estando en San Gil, Querétaro. Tendríamos cinco y siete años cuando nos dejaron solos en la casa club. Independientemente de habernos dejado solos en una alberca, quedaron de llegar por nosotros en punto a la hora del cierre, lo cual no sucedió. Los empleados de la casa club nos tuvieron que correr y mi hermano y yo quedamos abandonados en medio de la noche y de la nada. Caminamos durante horas y nos perdimos entre los cientos de terrenos y las construcciones. Fue gracias a un viejo estadounidense que nos encontró que pudimos volver con la familia, aunque, claro, él arruinó los planes de mis padres.
En la juventud, las secuelas del daño se hicieron evidentes. Mi hermano se volvió un amante de los deportes extremos y a mí me dio por no poner un pie en la casa, andando en zonas peligrosas como si yo fuera indestructible. Ahora que somos adultos, a mi mamá le remuerde la consciencia por “haber sido irresponsable”, mientras que mi papá… mi papá se sigue riendo de sus hazañas.

2 respuestas

  1. Anónimo

    o_O

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  2. Anónimo

    jajajajajaa que chido!!! 😀

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