Aprendiendo a vivir

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Mamá tuvo una infancia muy adulta. No es que no hiciera travesuras, pero tuvo una infancia adulta. Jugaba muñecas cuidando a sus hermanas pequeñas y se arreglaba con los mayores para librar, de la mejor forma, los caprichos del patriarcado. Cuenta pocas anécdotas de su niñez, pero todas y cada una tienen que ver con lo que hacían ella y sus hermanos para escapar del severo castigo. Se casó a los 17 años y a los 23 fue mamá, así que con Tipi y conmigo ya traía la experiencia de ser adulta desde que recordaba. “Si te caes, no vengas a llorar”. “¿No quieres comer? No comas, pero aquí no es restaurante”… eran frases que le salían con una dureza tan natural, que jamás intentamos convencerla de lo contrario. Tampoco nos tocó la mamá sobreprotectora ni la que se espantaba si nos enfermábamos, porque con tantos ensayos previos, mi hermano y yo ya éramos prácticamente el pilón.
Hoy, como muchos otros días desde hace algunos años, me encontré regañando a mi mamá. “Mamá, hazme el favor de poner atención cuando caminas. Mi papá te va arrastrando de la mano y tú volteando para todos lados. Por eso, siempre te andas cayendo, lastimando…” Terminé de decirlo y recordé aquella frase que hace poco Nacho me comentó: “Tu mamá se ha vuelto una latosa. Vamos caminando en la calle y quiere agua y ahora quiere un dulce y ahora quiere ir al baño…”. Comprendí, entonces, que el universo todo lo ordena, a veces lo hace tan rápido que quisieras que no existiera la tiranía del tiempo, a veces se tarda un poco y, a veces, simplemente, hace un desastre para poder reconstruirlo de raíz.
Hay quienes nunca dejan de ser niños, como mi papá, quienes nacen siendo adultos, porque así tenía que ser, y hay quienes aprenden a ser niños con la edad, quienes, con los años, aprenden a sorprenderse con todo lo que encuentran en los aparadores, quienes aprenden a desempolvar la ingenuidad y la inocencia que tuvieron que dejar guardada en algún cajón. Mamá es una de ellas, por eso ahora me la encuentro todo el día jugando algún videojuego nuevo, carga todo los días sus juguetes por si se presta la ocasión, y pregunta de manera infinita y consecutiva “¿y por qué?”. Dejó de ser el adulto que le resolvía la vida al mundo entero y se dio la licencia de equivocarse sin temer las consecuencias, de reírse a carcajadas, de gritar y cantar en un concierto, de jugar, de rezongar, de comerse todo lo que quiera, de ser y parecer feliz. Y, haciéndolo, a mí me dio el regalo de verla disfrutar la infancia que nunca pudo tener.

2 respuestas

  1. Anónimo

    Y siempre lloro con lo que escribes :`) .. las quiero! Alita

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  2. Anónimo

    Wow… Me sentí identificado… JFLO

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