Chicago.- El pretexto fue Lollapalooza, pero el festival quedó eclipsado pronto por la misma ciudad. Lo diré sin miedo: me gusta más Chicago que cualquier otra urbe de Estados Unidos. Su arquitectura, su río, sus puentes, sus calles, su arte, sus restaurantes, sus parques, sus teatros… es como un pequeño oasis en medio de un país sin muchos rincones con alma. Tiene personalidad y vida propia, comida rica sin ser pretenciosa, museos, conciertos gratis y un espectacular diner 100% vegano. No sé si fueron las alitas de seitán, Interpol, los Artic Monkeys o que la gente fuera amable y sencilla, pero cuando digo que es un lugar en el que podría vivir, es porque se quedó con un cachito de mi corazón.
Miami.- Si Miami fuera un color, definitivamente sería naranja. La fruta tradicional, el cielo y las personas son naranjas. No quiero hablar del abuso de cirugías plásticas en muchas de las personas, cirugías que dejan de ser estéticas para convertirse en exageradas o fuera de proporción. Sólo quisiera entender por qué las personas en Miami han decidido tener un color más parecido al de los Simpson que al de los humanos. Lo resumo así: no me gusta la comida artificial, especialmente a la que se la han agregado colores llamativos y eso que sólo es comida…
Santiago.- Un mall casi en cada calle, muchas tiendas estadounidenses, mucho orden. Santiago es muy americanizado, pienso. Tiene parques bonitos y la gente es, en un amplio sentido, elegante hasta para saludar. Eso sí, lo que más me gusta de Santiago, son los hombres chilenos. Me parecen interesantes. Muy políticos, muy apasionados, muy entregados a su trabajo. Persistentes, tenaces, directos. Serían perfectos para vivir un amor intenso pero muy corto, porque después de un tiempo, tendería a volverse trágico.
Buenos Aires.- Tal vez es porque me recuerda a España, pero podría no irme jamás de aquí. Amo la vida nocturna y sus cafecitos y las coloridas calles y sus plazas callejeras y las librerías que nunca cierran. Amo que la gente aún vaya a la tiendita de la esquina, en lugar del gran supermercado, porque se resisten a ver morir lo que es propio, lo que es suyo. Me encanta que el carnicero o el heladero hayan heredado de sus padres el negocio. Me gustan los argentinos en Argentina, más de lo que me gustan fuera de su país. Entiendo ahora por qué la gente se enamora fácilmente aquí. Entiendo, ahora, lo sensual que es el tango y lo romántico y lo crítico de sus escritores. Comprendo el amor por esta tierra.
Lima.- De Lima tengo que decir que sí, lo que todos saben, qué comida más fantástica tiene. Me gusta Miraflores y la vista al mar, aunque tampoco se siente como una ciudad costeña típica. No es precisamente destacable como otras capitales latinoamericanas, pero simplemente la comida te hace querer continuar prolongadamente hasta empacharte.
Bogotá.- La comida y la gente y el color cobre de la ciudad, especialmente al atardecer, me conquistaron. Reconozco que estaba predispuesta a querer esta ciudad, porque, personalmente, quiero a muchos amigos colombianos desde hace tiempo. Me gusta el clima constante, que no haya una estación marcada. Encuentro muy sexy el tono y la forma de hablar de las personas, tanto de hombres como de mujeres. También encuentro encantador que sean todos tan propios y arreglados, pero que, una vez en confianza, se desdoblen con comentarios picantes y graciosos.
San Juan.- Esto es el Caribe. Me gusta el puertorriqueño ruidoso y metiche, en un buen sentido de la expresión. Su toque colonial convive perfectamente con la modernidad de una ciudad llena de marcas estadounidenses. Es bonito San Juan, pero más que bonito, es festivo y fiestero, con ruido en todas partes, con música, como si tuviera mucha sed de vivir. Es dual en muchos sentidos: colonial y moderno; americanizado pero muy latino; caótico pero organizado. Ambivalente, sería una buena palabra para definir su identidad.
St. John y St. Thomas.- La belleza extrema me hace llorar. Contemplo todo el paisaje: estoy rodeada por montañas, islas y el mar caribe. Hay muy pocas construcciones. Hay más animales que construcciones. Respiro y agradezco haber tenido vida para ver algo así. Es tan bonito, como si la mano de Dios se hubiera encargado personalmente de moldear cada rincón. Veo el atardecer y sonrío porque estoy hablando con él, porque he pactado con él, porque, lo crean o no, me ha respondido.
St. Maarten.- Jamás hubiera imaginado encontrar una villa europea en medio del Caribe. Una pequeña iglesia, un reloj antiguo, pequeñas casas de un piso, de colores y con teja, pequeños comercios. He encontrado, incluso, los típicos zapatitos holandeses pero adornados con motivos costeños. Es bonito encontrar algo así de pintoresco y que, a la vez, esté poblado por caribeños, en medio de un clima tropical y selvático.

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