Cada 9 de marzo, en punto de las 00:00 horas, mamá me llama para desearme un feliz cumpleaños. Siempre es la primera persona en hacerlo, pero este año su llamada nunca llegó. Por primera vez en 34 años, mamá me mandó un mensaje alrededor del medio día. No intentó hablar conmigo ni me preguntó qué quería hacer para celebrar. “Que sigas siendo feliz. Te amo.”, fue todo lo que escribió.
Cada 9 de marzo, en punto de las 00:00 horas, mamá me llama para desearme un feliz cumpleaños, pero esta vez decidió no hacerlo. Por primera vez en 34 años, mi mamá sabía que estaría dormida a las 00:00 horas o que, al menos, ya estaría en cama, en modo zombie. Sabía también que llamar a casa podría hacer demasiado ruido y que mi celular se queda lejos de la almohada. Sabía con certeza que este año era diferente a los últimos 33 y que probablemente no cenaría con ella porque la noche ahora es más complicada y que, tal vez, sería más fácil una comida o un desayuno a destiempo.
Cada 9 de marzo, en punto de las 00:00 horas, mamá me llama para desearme un feliz cumpleaños, pero esta vez decidió no hacerlo. Por primera vez en 34 años, mi mamá sabía que estaría dormida a las 00:00 horas o que, al menos, ya estaría en cama, en modo zombie. Sabía también que llamar a casa podría hacer demasiado ruido y que mi celular se queda lejos de la almohada. Sabía con certeza que este año era diferente a los últimos 33 y que probablemente no cenaría con ella porque la noche ahora es más complicada y que, tal vez, sería más fácil una comida o un desayuno a destiempo.
Cada 9 de marzo, en punto de las 00:00 horas, mamá me llama para desearme un feliz cumpleaños, pero esta vez ni siquiera intentó marcarme porque sabía que este año era mi primer cumpleaños como mamá. No necesitó explicarme y yo no necesité preguntarle, porque por primera vez entendí a plenitud la particular, única y excepcional forma que tiene una madre de amar y cómo éstas lo expresan y te lo hacen saber todo el tiempo, incluso en el silencio.
Cada 9 de marzo, en punto de las 00:00 horas, mamá me llama para desearme un feliz cumpleaños, pero esta vez prefirió dejarme dormir, ser prudente y dejar que yo festejara junto a mi hijo. Esa fue su mejor forma de celebrarme.
Cada 9 de marzo, en punto de las 00:00 horas, llamaré a mamá para darle las gracias por haberme dado la vida, para honrarla por haberme dejado ser su hija y, sobre todo, amarme mejor ahora que yo también soy madre.

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