Había que ser un idiota para no quererla, para no amarla, para no perderse en su cabeza. Era feliz y yo también lo era. Estaba loca, como todo lo que tiene alma lo está. No era una locura enferma. Brillaba. Era libre y yo junto con ella. Me pregunto a diario qué habrá sido de su vida, si seguirá loca, si será amada como merece, como ella ama, porque había que ser un cobarde para no hacerlo y un imbécil, como yo, para comprenderlo demasiado tarde.

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