Olvidé a Nicolás en casa el día de la entrevista de evaluación para que lo admitieran en la la escuela. Llegué puntual a la cita, porque puntual sí soy, pero sin mi hijo, que era el verdadero objeto-sujeto de la reunión. Me reí nerviosa cuando me preguntaron en dónde estaba el niño. La psicopedagoga tuvo a bien reírse también, menos mal para mí, y nos admitieron en el colegio sin problema. Me eligieron después como vocal del grupo de maternal, pese a las decenas de veces que advertí a los padres y madres de familia de mi serio problema de atención, aunque no me creyeron mucho.
Soy la persona que ha dejado el teléfono en el refrigerador más de tres veces, aunque también lo he dejado en una sartén, en el microondas y dentro de un zapato. Me he llevado el control remoto de la televisión en el bolso en varias ocasiones y hubo un día que intenté contestar una llamada de mi móvil en el supermercado, con el teléfono inalámbrico de mi casa, frustrada porque no daba línea. Soy la que se ha quedado con las pantuflas puestas porque olvidó cambiarse los zapatos para ir a la oficina o la que un día se puso unas botas vaqueras para ir a trabajar y lloró porque le dolían los pies, culpó al yoga de haberlos ensanchado y pensó que tendría que salir corriendo a comprar calzado ante el inminente incremento de número, solo para descubrir, gracias a un colega, que se había puesto las cowboy al revés.
Soy la persona que a veces olvida comer o tomar agua o la que ha llegado a subir cinco veces la escalera para ir por un abrigo, sin conseguirlo, porque en el camino se ha cruzado con algo más importante.
Soy la persona que se pone alarmas para todo, a veces hasta en tres rincones digitales distintos y, por si acaso, lo anota en una libreta, que obviamente omite ver y ahora que soy vocal también soy la persona que se ha llenado de post-its a modo de recordatorio, para no fallarle a las familias. El verdadero reto es recordar anotar los pendientes.
Hace un par de meses, alguien insinuó, a tono de reclamo, que yo no era despistada, que fingía serlo y que las pruebas más grandes eran mi éxito académico y profesional y lo perfeccionista que era. Quise explicarle que era de atención torpe y que soy ordenada obsesiva porque es la única forma de no perderme ni perder nada o a nadie. Escribí el mensaje. Inicié con una disculpa por haber lastimado algo en su confianza al olvidar en qué área geográfica se encontraba. Acto seguido, expliqué mis deficiencias cognitivas y sin afán de justificar nada, me responsabilicé por mi descuido. Responsable afectivamente, sí soy. Luego, para reparar el daño, propuse anotar su bitácora de viajes para asegurarme de no volver a cometer tremendos descuidos. No recibí ninguna respuesta, porque, como descubrí semanas después, jamás mandé el mensaje.

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