Nico y el arte del Kintsugi

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Nicolás y yo atesoramos por igual una fotografía de mi padre, a mi gusto, la más bonita de todas. Es común que él la bese y la abrace. “¿Y Nacho?”, pregunta cuando quiere que se la dé. Lo extraña, supongo, pero lo que sí es seguro es que está consciente de que ya no está, así que parece aferrarse al poco recuerdo que tiene de él.

Un día como cualquier otro, Nicolás entró a mi recámara pidiendo el retrato. “Mi papá”, dijo señalándole. Pacientemente, le respondí que no era su padre, sino su abuelo. “Nacho es mi papá”, repitió con un tono caprichoso, seguido de una insolente burla. “Te presto la foto, pero es mi papá”. Mi respuesta no le satisfizo, así que me arrebató de las manos la imagen y salió corriendo a la mayor velocidad posible, mientras eufórico refrendaba su verdad: “MI PAPÁ, MI PAPÁ”. Intenté alcanzarlo pero, en su eficaz huída, el vándalo se escondió en lo más profundo del armario, el escondite perfecto. Lo llamé en varias ocasiones con la intención de firmar la amnistía, pero parecía empeñado en imponer su voluntad, a la par que intentaba intimidarme con una letanía confusa que no logré descifrar. Minutos después del hurto, justo cuando estaba por claudicar, Nico salió de la guarida. Entre apenado y confuso, me extendió la foto. No tenía marco, estaba doblada, maltratada y un hoyo la atravesaba por completo. No pude ocultar mi pena. Se había estropeado. El daño era irreversible. La foto de mi padre, la que mejor sintetizaba su sonrisa, su calma y su paz, se había arruinado.

El infractor volvió a robarme y emprendió de nuevo la fuga. Esta vez no intenté pararlo. Se dirigió al baño, abrió intempestivamente las gavetas y sacó un papel, el cual rompió con torpeza. “Disculpa mamá, ya está Nacho”, dijo el ofensor, mientras me entregaba la imagen restaurada. Nico había embellecido su error con un curita, una especie de Kintsugi rudimentario y, como si se tratara de un acto de justicia restaurativa, decidió no ocultar el daño, sino sanarlo haciéndolo evidente para jamás olvidarlo.

Una foto imperfecta de mi padre luce ahora en mi habitación. Sigue siendo la más bonita. Sus heridas son visibles, como son visibles los estragos y la belleza que hay en nuestras historias fallidas. Tiene un guiño estético que me reconcilia compasivamente con los errores. A fin de cuentas, una mala decisión no nos define, pero lo que elegimos hacer de ella, sí.


3 respuestas

  1. Anónimo

    Que bonito

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  2. Anónimo

    Gracias por compartir, a veces voy con Fer a McDonalds y extraño esa dinámica de Diana cuidando a los niños y Nacho y yo platicando de todo y a la vez de nada pero con la absoluta seriedad de una plática de adultos

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  3. Anónimo

    Wooow! Que belleza😃😃

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