Manuel fue el último de los hermanos en partir. Vicente se le adelantó unos cuantos días. En menos de una semana se reunieron en el paraíso en el que ellos creían. Lo hicieron durante el verano de 2023, sin ruido y en paz. Creo que tanto ellos como el resto de sus hermanos tuvieron el privilegio de elegir cuándo soltarse, por eso todos se fueron sin sufrir. Una persona que sólo ha dado amor en vida tendría que tener el derecho a decidir su muerte. Me atrevería a decir que ese era su pacto con Dios; ellos cumplieron su parte en la Tierra y a Él le tocó hacer lo mismo a la hora de que se fueran al Cielo.
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Mi padre y sus hermanos vivieron una de esas vidas felices. La felicidad tiene que ver con vivir en paz y para eso hay que hacer lo correcto. Ninguno se enriqueció a costa de nadie ni sacó ventaja de otras personas. No maltrataron a nadie, no abandonaron a nadie, no hablaron mal de nadie, no mintieron, no humillaron, no engañaron. Tenían más ética que cualquier texto religioso. Eran lo más cercano a la congruencia. Como si se hubieran adelantado a la corriente minimalista, vestían siempre igual, siempre pulcros y con camisa de cuadros. Nada de marcas, nada sobresaliente. Sus placeres eran sencillos: sentarse a comer en familia, ver coches, escuchar un poco de música, coleccionar algo, tomar un caballito de tequila antes de comer y presenciar cómo transcurría la vida. Fueron fieles a sus parejas, a quienes cuidaron y procuraron, en la salud y en la enfermedad, como si ellos hubieran dictado el rito católico nupcial. De entre sus cariños ansiosos, su calma infinita y sus refunfuños adorables, destacaban sus risas fáciles pero apretadas, siempre ahogando las carcajadas de la travesura corriente. Pero lo mejor, y lo que siempre añoraré de ellos, era su existencia en el silencio, lleno de comodidad y de gozo.
Hoy sé que en su silencio se encierra gran parte del secreto de la vida: disfrutar al máximo lo que se tiene sin añorar lo que no ha sido.
Hoy sé que en su silencio se encierra gran parte del secreto de la vida: disfrutar al máximo lo que se tiene sin añorar lo que no ha sido.
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Todas las historias de Nacho y sus hermanos tienen una belleza simple pero sólida. Los relatos de su infancia y juventud parecen sacados de una película con colores pasteles y brillantes y con planos secuencias largos, profundos y silenciosos, una película cuyo guión tiene un equilibrio entre lo nostálgico, lo entrañable, lo anecdótico y lo gracioso. Sus memorias tienen una verdad cargada de inocencia y sencillez, casi alejadas de la realidad. Pocas personas podrían comprender que hubiera tanta calma y ligereza en sus recuerdos, porque pocas entenderían que no existieran obstáculos emocionales en su existir. Hoy sólo quedan los herederos de esa especie extinta, hijas e hijos privilegiados de haber recibido sólo amor, paz y gratitud, eso que hace que la vida sea bella.


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