Y un día despiertas y no existe enojo, ni tristeza, ni dudas, ni miedo, ni desconcierto, no esperas las explicaciones ni las respuestas, porque ya entendiste todas las preguntas. Un día dejas de mirar el teléfono porque ya no aguardas las llamadas, ni los mensajes, ni los actos románticos, ni justicia, ni la reparación. Un día no notas ni la angustia ni la ansiedad en tu cuerpo, y tampoco te duele respirar. Un día comprendes que la sanación no se encuentra en el mismo lugar en el que te rompieron. Un día ya no lo extrañas porque mataste las expectativas, porque te obligó a matar la esperanza. Un día te sientes ligera, en calma, sin ese peso extra que te paralizaba y que te retraía. Un día ya no te culpas ni te sientes idiota por haber hecho de él tu todo cuando tú para él no significabas nada. Un día lo miras compasivamente porque no ha sabido tener un amor bonito, porque hay quienes sólo saben ser leales al conflicto y al dolor. Un día te miras y comprendes que tú eres suficiente para quien está dispuesto a recibirlo, y notas todo el amor que hay para ti, esperándote, con ganas, sin trabas, sin prisas, sin egos. Un día encuentras verdad en donde sólo había mentiras, paz en donde sólo había caos, amor en donde sólo había dudas. Ese día ya no te duele y sabes que no ha sido el tiempo el que lo ha sanado, sino tú y tus fuerzas, porque has sido valiente al haberte elegido a ti.

Deja un comentario