La felicidad tiene el aroma de un bebé, el de un niño sucio después de haberse revolcado en la tierra, el de la leche materna, el de dos crías que no dejan de correr, de sudar.
La felicidad suena a las risas desbordadas por las cosquillas, a los ruidos de las discusiones fraternas, a los gritos que hay en los juegos, a un balón rebotando día y noche en la pared, a la canción infantil que suena sin tregua, a la infinidad del sonido “mamá”.
La felicidad sabe a café frío-recalentado-frío, a los restos de comida en un plato de dinosaurio, a los platillos que tu cría prepara, a los dulces que decide compartirte, a sus logros diarios, a sus sonrisas, a su nobleza, a su aprendizaje, a su crecimiento.
La felicidad se siente en forma de abrazo espontáneo, como un beso húmedo y pegajoso, como el peso de un niño dormido en tus brazos, como una mano pequeña que busca la tuya para sentirse seguro, como el llanto desbordado que clama tu contención.
La felicidad se ve con cara sucia y sonrisa satisfecha, con pantalones parchados y camisetas manchadas, con disfraces de superhéroes, con la carita iluminada porque te ha encontrado en la puerta del colegio, como una habitación con juguetes regados, como un niño durmiendo a tu lado, como el rostro de una mujer privada del sueño, que tiene el pelo despeinado y la ropa a medio poner.
La felicidad se parece mucho a ser madre, como también se parecen el cansancio, la frustración, la impotencia, el enojo, la tristeza, la decepción, la culpa, la calma, la alegría, la paciencia, la impaciencia, la soledad… La maternidad es ese lugar en el que comprendes que todas las emociones conviven al mismo tiempo sin que ninguna invalide a la otra, es ese estado que te transforma y que te mueve de la indiferencia. Ninguna mujer permanece igual después de ser madre, y esa metamorfosis huele, sobre todo, a amor.

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