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Siempre fui afortunada de sobra. Lo demuestran el haber crecido con el amor incondicional de mi madre, mi padre y mi hermano, las risas compartidas con el resto de mi familia, la complicidad y la lealtad con las que concibo la amistad. Estoy convencida que estar enamorado es el mejor estado del hombre y de la mujer. Creo en el amor eterno, en el amor que a veces nos rompe el alma, el amor que no se acaba aunque se terminen las relaciones, el amor que permanece, el amor que sabe esperar, el amor que se grita, el amor que se lleva en silencio, el amor en todas sus formas y sus expresiones, porque el amor nos resignifica todos los días como seres humanos. Creo en el poder de la música y de los libros, del cine, del aire fresco, del agua, de las caminatas, de los viajes, de la escucha, de los abrazos, del ejercicio, de la meditación, de la comida, del café y del vino compartido. Creo en el perdón que nos sana y nos libera. Creo en la reparación del daño. Creo que los errores nos llevan inevitablemente a mejores lugares, si se tiene el valor de hacerles frente. Creo en las personas que te hacen sentir segura y en las que se sienten como hogar. Tengo dudas del karma o de la romántica idea de que todo mundo, tarde o temprano, recibe lo que merece. No entiendo el cinismo, ni el conformismo, ni la mediocridad. Admiro a las personas valientes, a las que se atreven, a las que deciden intentarlo de nuevo, a las que cuestionan, a las que sanan, a las que rompen patrones, a las que son libres, a las que son auténticas, a las que comparten, a las que eligen la dignidad, a las que se eligen, a las que viven. Sé que el amor a primera vista sí existe y yo lo he experimentado dos veces; sus nombres son Daniel y Nicolás. Son ellos el amor de mi vida y tengo la suerte de que ellos me llamen mamá.
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Después del nacimiento de Nicolás, la muerte y yo coqueteamos algunos meses. Renací y para poder hacerlo, cambió radicalmente lo que conocía como existencia: el padre de mis hijos dejó el hogar que habíamos construido, justo el día que al mío le detectaron cáncer; murió seis meses después. Aprendí a llorar en silencio. Me encontré transitando por tres duelos, el de mi primera muerte, el de la ausencia de mi pareja, el de la partida de mi padre. Durante meses no supe a qué o a quién llorarle, tampoco tuve mucho tiempo para hacerlo, pues debía contener dos hijos mientras intentaba contenerme a mí. Mis amigas me acompañaron en estos procesos. Ellas, quienes son el amor más real, más sincero e incondicional de una mujer.
Comencé a construir una nueva vida. Mi hermano me empujó a levantar un negocio a su lado; ahora hablamos todos los días. La constancia me salvó cuando no tenía motivación; la disciplina sí es un acto de amor propio. Descubrí que, después de los 40, una buena parte de las personas tienen heridas que no han sabido curar, como si hubieran olvidado su esencia, como si hubieran perdido su sombra, como si se hubieran rendido al dolor. Aprendí a irme con dignidad de esos lugares y de esas personas en donde era difícil encajar, en los que no me elegían o en los que me hicieron sentir insuficiente. He elegido el amor propio y he elegido la paz.
3
Estoy iniciando el año 41 de mi vieja vida o el año 2 desde que volví a nacer. En ambas, he sido empática, he sido resiliente y he sido valiente. He sido fuerte y he intentado ser justa, aunque ahora, a consciencia, construyo una vida que me acerque más a la amabilidad y que no me condene a la perfección, una vida en donde, aún sabiendo que yo puedo con todo sola, esté rodeada de personas que quieran acompañarme para hacerlo junto a mí. He redefinido el concepto de amor que quiero para mí. He redefinido el concepto de familia. He redefinido el concepto de lealtad y agradecimiento. He dejado de ser esclava de los sueños, las ideas y la expectativas, seducida por el concepto de las posibilidades infinitas. He aprendido a vivir la vida con gratitud y a vivirla un día a la vez, porque con eso basta si se ama, porque todos los días la vida te demuestra que es inesperada, caótica e imperfecta, pero que también es bella, y con eso alcanza para ser feliz.
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