Si supieras cuántas noches aguardé, cuántos días mantuve la esperanza, cuántos insomnios te pertenecen, a todo lo que le puse pausa. No volviste con la luna, ni me regalaste tu vida. No hubo despedida, ni explicación a la cara. De serlo todo, te volviste un fantasma, no quedó rastro tuyo, ni la sombra de tus manos, ni el eco de tus risas. Le pregunté al cielo por ti, pero ni él quiso responderme. Intenté justificar tu ausencia, asumir que no eras valiente. Quise buscarte, decirte que el tiempo se agotaba, que todo se moría, que yo era tu casa. Me invadió entonces el silencio y comprendí que tu ausencia, que tu falta de mí, era lo que realmente anhelabas. No comprendí la traición, ni las mentiras, ni la falsa esperanza, pero por más que quise odiarte sólo pude desear que fueras feliz.

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