Me desnudaste el corazón y me cubriste el cuerpo con las caricias precisas, me regalaste mil sonrisas y me incitaste a volar. Me devolviste el aliento y te encargaste, con besos, de quitármelo también. Me enseñaste que el tiempo es relativo y que un segundo basta para reunir todo el amor de una vida, de muchas vidas. Me quitaste la armadura y te convertiste en refugio, en uno más suave, pero irónicamente, uno más seguro. Me hiciste feliz, como nunca, como nadie. Dibujaste en mí miles de ilusiones, que se convirtieron en esperanza, en fe. Te volviste la pared en la que me recargué cuando necesité un descanso y también la que me contuvo cada que me desbordé. Te volviste el camino, el compañero, el vehículo y el destino. Me viste y me permitiste verme con tus ojos y me obligaste a quererme más, a admirarme más, a cuidarme más. Me provocaste el amor más grande, noble, leal y puro. Contigo la vida se volvió un sueño, el sueño del que nunca despertaría, el sueño que se convirtió en mi realidad.
Escucha: Into My Arms

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