Comenzaste a dormir conmigo recién cumplidos los cinco años. Tu papá había iniciado una vida por separado y a ti te invadió el miedo, la angustia, la tristeza y el enojo. Al principio despertabas dos o tres veces por noche entre llantos y gritos de pánico, y yo corría cada vez a tu lado a calmarte, a contenerte. Pero las migrañas y las contracturas me doblegaron unos meses después, así que dejé de acudir a tu cama para compartir la mía contigo. Estabas feliz de invadir mi recámara, como si no te hubiera bastado con haber ocupado toda mi vida.
¿Y si nunca logro perder el miedo? Me preguntaste una de tus tantas noches reflexivas. Lo vas a lograr, no dudes de ti. No importa cuánto te tardes, yo voy a estar ahí y te voy a abrazar hasta que suceda, repondí.
Casi tres años después, de un momento a otro y sin previo aviso, decidiste dormir en tu cuarto. Te vi crecer y madurar en cinco minutos. Te vi seguro, te vi confiado, te vi razonable, te vi grande, te vi orgullos de ti, te vi ser tú. Admiré y reconocí tu valentía, aunque, confieso, te he extrañado cada noche desde entonces y sé que siempre lo haré.
Hace unos días, entraste a mi habitación. Estaba amaneciendo y yo no podía dejar de llorar. Estaba asustada. Mi paz y mi seguridad habían sido vulneradas. Te metiste entre las cobijas, me abrazaste y sin preguntar nada dijiste: el miedo también se acaba, tú decides cuándo.… Entonces, la calma llegó.

Replica a Anónimo Cancelar la respuesta