A veces quisiera no tener consciencia. Cuando adquieres consciencia de las cosas, también te llenas de miedo. Miedo a aventarte de un trampolín o a subirte a una de esas montañas rusas que te ponen los pelos de cabeza. ¿Por qué mientras más grandes somos, más temerosos nos volvemos? De niño, por ejemplo, no tienes que cuidar las palabras, no tienes miedo a decir las cosas porque no tienes miedo a herir. ¿Por qué? Porque no tienes consciencia del dolor, porque no sabes lo cruel que puede ser el mundo. No te importa, tampoco, decir no me gusta o no quiero, porque no hay tapujos mentales, porque te da igual quedar bien con los demás. Quisiera no tener consciencia para poder jugar con la tierra o sentarme en medio de un parque sin que me preocupe si me voy a ensuciar. Quisiera combinar toda mi ropa sin sentido, sin miedo a la crítica o sin pensar en lo bien o mal que me veré. Quisiera poder comer todos los dulces, panes y pasteles sin que me importara engordar. Quisiera no tener consciencia para poder hacer experimentos y descubrir por mí misma para qué sirven las cosas. Quisiera retar a la suerte y subirme a una barda o pararme de manos sin miedo a caer. Quisiera no ser consciente para que todos los enojos y lo feo que hubo en el pasado se esfumara sin dejar resentimientos. Quisiera no ser consciente de tanto amor, porque así no me daría miedo olvidar.
Deja un comentario