Debutaste en el Azul con ocho goles en un día. Combinaste tu fantástica zurda con la diestra, como si no hubiera distinción entre ellas. Diste el pase al único otro gol que hubo en tu equipo. Recuperaste cientos de balones en la media, y paraste varios más como defensa, porque le prometiste a tu portero que lo cuidarías. Sonreíste en cada uno de los fallidos tiros a gol y te avergonzaste porque la fuerza de tus patadas tiró a un par de niños. Saliste de los tres juegos como si no hubieras sido grandioso, como si la vida te hubiera sido fácil.
…
Quince días antes de tu debut oficial, te metiste a un partido improvisado con niños que, de menos, te doblaban la edad. Te subestimaron, incluso alguno se molestó por tu incorporación. Entonces te vieron jugar, te vieron patear y burlar y recuperar balones y después de tu primer gol te apodaron “La Cabra”, como en aquella película animada donde un pequeño ser le devuelve el alma y el aliento a un equipo extremo de animales grandes y feroces.
…
A los tres meses de edad, tu cabeza estaba completamente ladeada, recargada sobre el hombro derecho, tu cuerpo estaba siempre rígido y te dolía girar la cabeza. Tenías una contractura de nacimiento, producto de tu alto tono muscular. De ahí siguieron los movimientos en bloque, los golpes constantes en la cabeza, la imposibilidad de calcular dimensiones y espacios, el no poder brincar, la fuerza desmedida para todo, la incomodidad de los zapatos, la vergüenza de sentirte torpe, la frustración de no lograrlo… Al diagnóstico de neurodesarrollo le siguieron tres años de terapia dos veces por semana, ejercicios en casa, masajes, citas con pedagogía, más terapia de movimiento, más terapia sensorial, más ejercicios, más frustraciones. Pero si algo tenía claro es que el mundo no iba a decirte quién eras, ni qué podías hacer. Nadie iba a etiquetarte, nadie iba a decidir por ti. Yo creía en ti y con eso nos bastaba.
…
Aquel día en el Azul, todo mundo habló de ti, del máximo goleador del torneo. Decían que tenías un don, que eras natural, que empezaras entrenamientos de alto rendimiento, pero sólo tú y yo entendíamos cuánto trabajo había detrás. Todos te conocieron ese día, y entendieron por qué te apodaron “La Cabra”. Pero a mí sólo me importaban tu sonrisa orgullosa, tu confianza, y tus ojos, esos ojos que me murmuran siempre, pero que en ese momento me gritaban: “¿viste, mamá?”.

Deja un comentario